Aquí os dejo un artículo muy interesante de Joan Barril, sobre el tema de los derechos de autor y la nueva ley que amenza con cerrar las webs que vulneren esos derechos.

JOAN BARRIL
Lo bueno del pensamiento es que hay que dejar que fluya. De lo contrario, caemos en el territorio de las ideas fijas, esas que a fuerza de no agitarse acaban exhalando un penetrante aroma a moho. Hace una semana tenía las ideas muy claras en torno a uno de esos debates con los que el primer mundo se va entreteniendo para no entrar en los debates realmente importantes. Se trataba de esa curiosa movida por la que un colectivo de internautas, cuyo único mérito es haberse comprado un ordenador, intentaba conseguir que el acceso a la cultura fuera gratuito. Ante la amenaza del Gobierno de llevar las webs al cierre, los internautas levantiscos se rasgaron las vestiduras aduciendo el retorno de la censura franquista. A veces creo que si Franco percibiera derechos de autor por tantas cosas que le cuelgan, tal vez habría preferido morir antes.
En otras palabras: que hace una semana no hubiera dudado en calificar a esos internautas como mangantes, cuatreros del saber y otras lindezas. Pero cuando las ideas propias son fronterizas con el insulto lo mejor que se puede hacer es dejarlas reposar y estudiar un poco. Eso es lo que he hecho esta semana con la lectura de un magnífico libro, Por una cultura libre, firmado hace cinco años por Lawrence Lessig y editado por la editorial Traficantes de Sueños. Ese es el ejemplo de cómo afrontar un dilema no a partir de las ideas preconcebidas, sino del estudio. Porque de su lectura no se infiere que todos tenemos todos los derechos de gratuidad sobre las obras intangibles de la Humanidad, sino que también debemos defendernos de los usurpadores aventajados del conocimiento replegados en sus gabinetes de abogados.
En esta semana he aprendido que la cultura no es un proceso individual y que la creación se basa siempre en cosas previamente creadas que ya forman parte de la Humanidad. Shakespeare se inspira en Julio César y hoy nos podemos inspirar en Shakespeare. ¿Qué sucedería si los derechos de Shakespeare se concentraran en un gran edificio en el que los autores debieran pagar para recrear la obra del poeta? ¿Tendría sentido que los herederos de Einstein percibieran una cantidad cada vez que un científico hiciera uso de su teoría de la relatividad? ¿En qué quedaría la fotografía si en los albores del siglo XX se hubiera dictado una ley por la que fuera imprescindible el permiso de los propietarios del paisaje para que este fuera fotografiado?
Prueben ustedes a hacer una película de dibujos animados en la que salga un ratón y se encontrarán con los abogados de Disney aduciendo que es un plagio de Mickey Mouse.
Esos son los abusos de la llamada propiedad intelectual. Pero eso no es un problema exclusivo de los internautas. El debate son los límites del llamado copyright. Unos límites que deberían limitarse a unos pocos años después de la creación con el fin de compensar a los creadores, pero que no deberían convertirse en un tesoro cautivo de las majors.
La cultura ya no es un almacén. La informática ya no es la gran memoria cuyo único mérito es la reducción del espacio almacenado. Hoy la red está ofreciendo una nueva forma de cultura más dinámica y sincrónica. El mundo se relaciona con el lenguaje de Babel y de ahí surge una nueva idea de la cultura libre que siempre deja una parte abierta a los otros.
Las culturas del permiso se agotan en sí mismas y acaban poniendo puertas al campo. De ahí que entienda a esos internautas. Tal vez los ladrones son otros.

JOAN BARRIL
Lo bueno del pensamiento es que hay que dejar que fluya. De lo contrario, caemos en el territorio de las ideas fijas, esas que a fuerza de no agitarse acaban exhalando un penetrante aroma a moho. Hace una semana tenía las ideas muy claras en torno a uno de esos debates con los que el primer mundo se va entreteniendo para no entrar en los debates realmente importantes. Se trataba de esa curiosa movida por la que un colectivo de internautas, cuyo único mérito es haberse comprado un ordenador, intentaba conseguir que el acceso a la cultura fuera gratuito. Ante la amenaza del Gobierno de llevar las webs al cierre, los internautas levantiscos se rasgaron las vestiduras aduciendo el retorno de la censura franquista. A veces creo que si Franco percibiera derechos de autor por tantas cosas que le cuelgan, tal vez habría preferido morir antes.
En otras palabras: que hace una semana no hubiera dudado en calificar a esos internautas como mangantes, cuatreros del saber y otras lindezas. Pero cuando las ideas propias son fronterizas con el insulto lo mejor que se puede hacer es dejarlas reposar y estudiar un poco. Eso es lo que he hecho esta semana con la lectura de un magnífico libro, Por una cultura libre, firmado hace cinco años por Lawrence Lessig y editado por la editorial Traficantes de Sueños. Ese es el ejemplo de cómo afrontar un dilema no a partir de las ideas preconcebidas, sino del estudio. Porque de su lectura no se infiere que todos tenemos todos los derechos de gratuidad sobre las obras intangibles de la Humanidad, sino que también debemos defendernos de los usurpadores aventajados del conocimiento replegados en sus gabinetes de abogados.
En esta semana he aprendido que la cultura no es un proceso individual y que la creación se basa siempre en cosas previamente creadas que ya forman parte de la Humanidad. Shakespeare se inspira en Julio César y hoy nos podemos inspirar en Shakespeare. ¿Qué sucedería si los derechos de Shakespeare se concentraran en un gran edificio en el que los autores debieran pagar para recrear la obra del poeta? ¿Tendría sentido que los herederos de Einstein percibieran una cantidad cada vez que un científico hiciera uso de su teoría de la relatividad? ¿En qué quedaría la fotografía si en los albores del siglo XX se hubiera dictado una ley por la que fuera imprescindible el permiso de los propietarios del paisaje para que este fuera fotografiado?
Prueben ustedes a hacer una película de dibujos animados en la que salga un ratón y se encontrarán con los abogados de Disney aduciendo que es un plagio de Mickey Mouse.
Esos son los abusos de la llamada propiedad intelectual. Pero eso no es un problema exclusivo de los internautas. El debate son los límites del llamado copyright. Unos límites que deberían limitarse a unos pocos años después de la creación con el fin de compensar a los creadores, pero que no deberían convertirse en un tesoro cautivo de las majors.
La cultura ya no es un almacén. La informática ya no es la gran memoria cuyo único mérito es la reducción del espacio almacenado. Hoy la red está ofreciendo una nueva forma de cultura más dinámica y sincrónica. El mundo se relaciona con el lenguaje de Babel y de ahí surge una nueva idea de la cultura libre que siempre deja una parte abierta a los otros.
Las culturas del permiso se agotan en sí mismas y acaban poniendo puertas al campo. De ahí que entienda a esos internautas. Tal vez los ladrones son otros.
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