La casa estaba vacía. Era la típica masía de piedra con chimenea. En el arco sobre la puerta estaba grabado con cincel 1792. Justo ahora se cumplían doscientos años de su construcción. En aquella época estas masías servían para labores del campo. Con la migración de la gente de los campos a las ciudades poco a poco fueron cayendo en desuso. Sin embargo, con el auge del turismo rural, estas casas una vez rehabilitadas, empezaron a vivir una segunda vida. Los visitantes huían del ruido de las ciudades y de las prisas del día a día.
Los sonidos de los pájaros que se posaban en el cerezo en flor se mezclaban con el rumor constante del riachuelo que pasaba por detrás de los olivos. La casa estaba vacía, pero no tardaría en llenarse con las voces y las risas de los jóvenes que vendrían a pasar el fin de semana.
Un coche aparcó en la puerta. De él salieron tres chicas y un chico. Al cabo de quince minutos, otro coche aparcó justo al lado. En este último viajaban tres chicos.
—¡Os hemos ganado! ¡Hemos sido los primeros! —exclamó Pedro.
—Habéis hecho trampa —se quejó Pablo—. Nosotros hemos tenido que parar a poner gasolina.
—Siempre estáis igual. ¿Qué más da? Hemos venido a divertirnos, no a ver quién la tiene más larga —dijo Rocío—. Parece mentira que seáis gemelos.
—¡Mellizos! —dijeron al unísono Pedro y Pablo.
—Bueno, mellizos, ¿qué más da?
—Rocío, déjalos que se maten. Pilar y yo ya hemos subido a las habitaciones. La casa tiene de todo y las camas parecen muy cómodas —Silvia estaba muy emocionada. Era su primera salida de fin de semana desde que había roto con su novio y tenía unas ganas enormes de pasárselo bien. Solo quería reír, beber, bailar y olvidarse de todo.
—Pedro y Pablo, dejaos de gilipolleces y ayudad a meter dentro las cosas. El pobre Joan lo está haciendo todo él solo.
—¿Quién se ha encargado de comprar la priva? Creo que hemos hecho cortos. Este fin de semana quiero coger un buen globo.
Esto último lo dijo Antonio mientras sostenía en cada mano una botella de cava.
Entraron los siete en la casa. Por la ventana de la cocina todavía se colaban los últimos rayos de sol pintando las paredes blancas de un tono dorado. Las encimeras se llenaron de embutido, pan y demás alimentos para la cena. La nevera se tragó las bebidas y el resto de comida para pasar el fin de semana.
—Voy a encender la chimenea, que cuando se vaya el sol, aquí, en el Montseny, baja mucho la temperatura.
—Joan, ¿sabes cómo encender un fuego? —preguntó Pilar.
—Claro, de algo me tiene que servir los años del cau.
Cogió un poquito de leña y formó con ella una figura, como una torre hueca. Puso un poco de papel en la base y lo encendió con una cerilla larga. Al principio solo se veía una pequeña llama. Poco a poco, la leña empezó a arder. Colocó dos troncos grandes y aparecieron unas llamas enormes.
—Esto ya tira. Ahora hay que ir echando un tronco de vez en cuando para que no se apague.
En el comedor, Silvia y Rocío preparaban la mesa. Colocaron un mantel de cuadros rojos y blancos que hacía juego con las cortinas.
—A ver, chicos, que nosotras no somos vuestras criadas—gritó Rocío mientras ponía los cubiertos.
—Ya vamos, que estamos preparando un agua de Valencia —respondió una voz amortiguada desde la cocina.
—¡Agua de Valencia! ¡Agua de Valencia! —gritaron todos.
Se reunieron los siete alrededor de la mesa. El agua de Valencia, que era una mezcla de cava y zumo de naranja, les refrescó la garganta y los achispó un poco.
—Aquí falta algo de música —dijo Silvia—. He visto un radiocasete. ¿Alguien ha traído música?
—He traído unas cintas, con canciones que he grabado de la radio.
Antonio se acercó al radiocasete y puso la cinta, que empezó a sonar con la canción «Amigos para siempre» de Los Manolos. Como si aquella canción fuera una señal, se levantaron todos de golpe y empezaron a cantar y bailar al ritmo de la rumba catalana. A esa canción le siguieron: «Chiquilla» de Seguridad Social, «20 de abril» de Celtas Cortos, y muchas canciones más que bailaban y coreaban todos.
Agotados del baile, empezaron a cenar los embutidos y el pan tostado con tomate. Después recogieron la mesa y se sentaron alrededor de la chimenea.
—¿Jugamos a adivinar películas? —propuso Pilar.
—¿Eso cómo se juega? —preguntó Silvia.
—Se forman dos grupos. Uno elige una película y se la dice al oído a una persona del otro grupo. Esa persona, con mímica, tiene que hacer que los de su grupo la adivinen.
—¡Qué chulo! —Silvia se apuntaba a todo. Aquella noche quería olvidarse de las tristezas y pensar solo en divertirse con sus amigos. Los había echado tanto de menos.
Se pasaron la media hora siguiente representando títulos de películas. No llevaban la cuenta de qué grupo iba ganando. Eso no era lo importante. Les dolía el estómago de tanto reír. Es cierto que el alcohol también les ayudaba a desinhibirse. Al final, el fuego de la chimenea se apagó porque se olvidaron de alimentarlo y algunos decidieron que era una señal para irse a la cama.
—¿Quién se viene fuera a ver las estrellas?—propuso Joan.
—Yo—dijo Pilar—hay que aprovechar, que en Barcelona no tenemos un cielo tan limpio.
Joan cogió una manta y echando el brazo por encima de Pilar, se taparon los dos. Cuando salieron de la casa una bofetada de frío les dio en la cara, pero no les molestó. Al revés, agradecieron el frío después del calor de la chimenea.
—Mira—Joan levantó un dedo—esa constelación con forma de W es Casiopea.—Pilar miraba la constelación pero con el rabillo del ojo seguía mirando a Joan. Siempre habían sido muy buenos amigos.
Siguieron un buen rato mirando estrellas y constelaciones, hasta que decidieron irse a dormir.
Las botas de Rocío crujían sobre la grava del sendero.
Le gustaba aquella sensación. El aire fresco de la mañana, el silencio, la libertad de caminar mientras los demás todavía dormían. Había dejado a Pedro en la cama, en brazos de Morfeo.
Después de la fiesta de la noche anterior, más de uno se levantaría tarde y con resaca.
Pedro y ella llevaban ya casi dos años juntos. En algunas cosas eran muy diferentes. Él disfrutaba de la noche y siempre se iba a dormir tarde, en cambio a ella le gustaba levantarse temprano. A pesar de sus diferencias, se querían mucho.
Al entrar a la casa, olió a café recién hecho
Silvia estaba en la cocina preparando unas tostadas.
—¡Buenos días! Pensaba que estábais todos durmiendo.
—¡Eh, Rocío! ¡Qué madrugadora!
En la mesa, Silvia puso dos tazas y sirvió el café.
—Siempre tan atenta, gracias. Voy a preparar más tostadas, que me ha dado hambre con la caminata.
Se sentó al lado de ella.
—¿Cómo lo llevas?
—¿El qué?
—El que va a ser, tu separación.
—Tú siempre tan directa —dijo Silvia, sonriendo, pero con los ojos tristes.
Rocío la conocía muy bien.
—Cuéntame.
Se acercó a ella para acariciarle suavemente la espalda. Silvia tardó unos segundos en hablar.
—Lo he pasado muy mal. Me ha costado mucho decidirme, pero una vez que tomé la decisión, fue lo mejor que he hecho en mi vida.
Lo decía casi de memoria. No era la primera vez que lo explicaba.
Rocío se quedó en silencio, para que Silvia pudiera sacar todo lo que tenía dentro.
—¿Sabes? He sido una mujer maltratada y solo después de alejarme de él me he dado cuenta. Siempre que tenía ocasión, me dejaba en ridículo. Todo lo que yo hacía lo menospreciaba. Me alejó de vosotros. No sé cómo he podido aguantar tanto.
Silvia sopló en su taza y dio un pequeño sorbo.
—Os veo a Pedro y a ti y no hay color.
—A ver, que Pedro no es perfecto.
—Ya lo sé, no se trata de eso.
Silvia comenzó a llorar.
—¿Hay algo más? Porque lo que me has contado es para mandarlo a la mierda y no volver a saber nunca nada más de él.
—Me pegó.
Rocío se quedó inmóvil sin saber qué decir.
—Solo una vez. Y ahí ya dije basta.
—Oh, Silvia. Cuánto lo siento. ¡Qué hijo de puta!
Rocío abrazó a Silvia sin prisa, con todo el cariño del mundo. Durante ese momento, no hicieron falta más palabras.
Se oyeron pasos en la escalera. Era Pilar, que bajaba con una sonrisa en la cara.
—Pero ¿qué pasa aquí? No me digáis que habéis hecho terapia de chicas sin estar yo presente.
Silvia se secó las lágrimas.
—Hola, Pilar. No es nada nuevo. Ya te lo expliqué el otro día en tu casa.
—Bueno, aquí hemos venido a divertirnos. Si necesitas llorar, aquí tienes mi hombro. Pero ese indeseable no se merece ni un segundo de tu tiempo.
Pilar no podía esconder la sonrisa de su cara.
A Rocío no se le escapaba una.
—A ver, ¿y esa sonrisilla? ¿Qué significa?
—Nada, nada. Que estoy contenta.
—Uy, uy. Aquí hay gato encerrado. ¿Silvia, tú qué dices?
—¿Yo? Yo no digo nada. Si quiere Pilar, que lo cuente ella.
—Que no hay nada que contar. Ya está —dijo Pilar, bajando la mirada—. Que Joan me cae muy bien y lo estoy empezando a mirar con otros ojos.
—¿Joan? —preguntó Rocío—. ¿Nuestro Joan? Pero si hace un mes te gustaba uno de tu curro.
—Ya, pero mira, ¿qué quieres que te diga? Hasta ahora lo he visto siempre como un buen amigo y nada más, pero he pasado tiempo a solas con él y la verdad que me encuentro muy a gusto. La semana pasada fuimos al cine y todo fue genial. Así que lo que tenga que pasar, pasará.
Las amigas siguieron hablando de sus ilusiones, sus miedos y sus penas. Todas se escuchaban las unas a las otras con mucha atención. Ellas tres sentían que nada las podía separar.
Era casi mediodía cuando los chicos bajaron empujándose por las escaleras. Se comportaban como si fueran adolescentes, a pesar de que tenían más de veinte años.
—¿Alguien tiene una aspirina? Tengo un dolor de cabeza que parece que me va a explotar —dijo Pablo con voz pastosa.
—Tú lo que tienes es una resaca del quince —le respondió su hermano mientras le alborotaba el pelo.
—Toma una cerveza —le enseñaba una botella Antonio—. Es lo mejor para la resaca.
—Quita, quita... Prefiero una aspirina.
—Habrá que preparar el fuego para hacer la barbacoa —dijo Joan.
—Si quieres, te ayudo —se ofreció Pilar, mientras ignoraba la mirada que se intercambiaban Silvia y Rocío.
El resto del grupo se dedicó a jugar al futbolín. Se iban turnando para que todos pudieran participar. La bola chocaba una y otra vez contra los jugadores de madera y, de vez en cuando, alguien gritaba gol.
La mesa del porche ya estaba preparada.
—¡Chicos, a comer! —gritó Pilar.
El olor de la carne llegaba hasta donde estaba el grupo, se fueron corriendo a sentarse a la mesa dejando la partida a medias.
Antes de que nadie empezara a servirse, Antonio se levantó y cogió su copa.
—Propongo un brindis.
Todos lo miraron.
Con la copa alzada fue mirándolos de uno en uno.
—Brindo por la amistad. Porque sigamos todos en contacto. Que sigamos haciendo quedadas como esta. Que nuestra amistad no la rompa ni el tiempo ni el espacio.
El grupo levantó sus copas y exclamó como una sola voz:
—¡Arriba, abajo, al centro y pa' dentro!
Al terminar de comer, Antonio volvió a ponerse de pie.
—¿Otro brindis? —preguntó Pablo.
—No. No sé cómo deciros esto.
Antonio tenía la mirada perdida en el infinito.
—Lo diré directamente. Soy seropositivo. Tengo VIH.
Los amigos sintieron un escalofrío. Se hizo el silencio, que solo se rompió cuando Pablo, con una media sonrisa, preguntó:
—¿Estás de broma?
—¿Pero eso cómo es posible? —preguntó Pedro con cara de preocupación.
—No estoy bromeando —dijo Antonio.
—Antonio, tú no eres gay. ¿Cómo te has contagiado? —preguntó Pablo.
—Eso qué importa ahora —dijo Rocío, esforzándose por no llorar.
—Rocío, no llores, que no me voy a morir. Bueno, todos nos tenemos que morir, pero no ahora mismo, ni dentro de un mes. Además, cada día hay más adelantos. No tengo SIDA, ser seropositivo significa que he entrado en contacto con el virus.
—Perdona —Silvia preguntó lo que nadie se atrevía a preguntar—. ¿Puedes contagiar?
—Puedo contagiar si no tomo medidas de protección.
Pilar fue la primera en levantarse. Cruzó el poco espacio que los separaba para abrazar a Antonio. Todos los demás hicieron lo mismo. Estuvieron un rato largo abrazados, llorando y sorbiéndose los mocos.
Finalmente Antonio consiguió que todos sonrieran.
—No quiero más lloros, ¿vale? Que todavía no me he muerto. Y si seguís llorando cuando me muera me convertiré en fantasma y os asustaré por la noche.
La broma hizo que el ambiente se relajara.
—Antonio—dijo Pablo—no te quiero quitar el protagonismo, pero tengo algo importante que decir.
—Te lo cedo todo para ti—le dijo golpeándole suavemente el hombro.
—¿Dónde vais a ver la inauguración de las Olimpiadas?
Respondieron que en casa.
—¿Y si os dijera que he conseguido entradas para todos?—dijo Pablo sosteniéndolas en su mano.
La alegría volvió al grupo de amigos. Esta vez todos abrazaron a Pablo, ya no hubo más lágrimas.
Y así pasaron el fin de semana: riendo, bebiendo, comiendo y bailando.
El domingo por la tarde, cargaron todas las cosas en los dos coches. Se despidieron con abrazos y quedando en verse en el estadio Olímpico el día de la inauguración. Los coches desaparecieron por el camino de grava.
La casa se quedó vacía.
Aunque si te fijabas bien, no estaba vacía del todo. Cada fin de semana, los visitantes se dejaban un trocito de su alma. Para ellos serían recuerdos que atesorarían el resto de sus vidas. Para la casa, era lo que la hacía más fuerte. Sus cimientos se impregnaban de las historias, los bailes, las confidencias, los amores, las penas y las alegrías, pero por encima de todo la amistad.
