15 agosto 2026

La casa


La casa estaba vacía. Era la típica masía de piedra con chimenea. En el arco sobre la puerta estaba grabado con cincel 1792. Justo ahora se cumplían doscientos años de su construcción. En aquella época estas masías servían para labores del campo. Con la migración de la gente de los campos a las ciudades poco a poco fueron cayendo en desuso. Sin embargo, con el auge del turismo rural, estas casas una vez rehabilitadas, empezaron a vivir una segunda vida. Los visitantes huían del ruido de las ciudades y de las prisas del día a día.

Los sonidos de los pájaros que se posaban en el cerezo en flor se mezclaban con el rumor constante del riachuelo que pasaba por detrás de los olivos. La casa estaba vacía, pero no tardaría en llenarse con las voces y las risas de los jóvenes que vendrían a pasar el fin de semana.

Un coche aparcó en la puerta. De él salieron tres chicas y un chico. Al cabo de quince minutos, otro coche aparcó justo al lado. En este último viajaban tres chicos.

—¡Os hemos ganado! ¡Hemos sido los primeros! —exclamó Pedro.

—Habéis hecho trampa —se quejó Pablo—. Nosotros hemos tenido que parar a poner gasolina.

—Siempre estáis igual. ¿Qué más da? Hemos venido a divertirnos, no a ver quién la tiene más larga —dijo Rocío—. Parece mentira que seáis gemelos.

—¡Mellizos! —dijeron al unísono Pedro y Pablo.

—Bueno, mellizos, ¿qué más da?

—Rocío, déjalos que se maten. Pilar y yo ya hemos subido a las habitaciones. La casa tiene de todo y las camas parecen muy cómodas —Silvia estaba muy emocionada. Era su primera salida de fin de semana desde que había roto con su novio y tenía unas ganas enormes de pasárselo bien. Solo quería reír, beber, bailar y olvidarse de todo.

—Pedro y Pablo, dejaos de gilipolleces y ayudad a meter dentro las cosas. El pobre Joan lo está haciendo todo él solo.

—¿Quién se ha encargado de comprar la priva? Creo que hemos hecho cortos. Este fin de semana quiero coger un buen globo.

Esto último lo dijo Antonio mientras sostenía en cada mano una botella de cava.

Entraron los siete en la casa. Por la ventana de la cocina todavía se colaban los últimos rayos de sol pintando las paredes blancas de un tono dorado. Las encimeras se llenaron de embutido, pan y demás alimentos para la cena. La nevera se tragó las bebidas y el resto de comida para pasar el fin de semana.

—Voy a encender la chimenea, que cuando se vaya el sol, aquí, en el Montseny, baja mucho la temperatura.

—Joan, ¿sabes cómo encender un fuego? —preguntó Pilar.

—Claro, de algo me tiene que servir los años del cau.

Cogió un poquito de leña y formó con ella una figura, como una torre hueca. Puso un poco de papel en la base y lo encendió con una cerilla larga. Al principio solo se veía una pequeña llama. Poco a poco, la leña empezó a arder. Colocó dos troncos grandes y aparecieron unas llamas enormes.

—Esto ya tira. Ahora hay que ir echando un tronco de vez en cuando para que no se apague.

En el comedor, Silvia y Rocío preparaban la mesa. Colocaron un mantel de cuadros rojos y blancos que hacía juego con las cortinas.

—A ver, chicos, que nosotras no somos vuestras criadas—gritó Rocío mientras ponía los cubiertos.

—Ya vamos, que estamos preparando un agua de Valencia —respondió una voz amortiguada desde la cocina.

—¡Agua de Valencia! ¡Agua de Valencia! —gritaron todos.

Se reunieron los siete alrededor de la mesa. El agua de Valencia, que era una mezcla de cava y zumo de naranja, les refrescó la garganta y los achispó un poco.

—Aquí falta algo de música —dijo Silvia—. He visto un radiocasete. ¿Alguien ha traído música?

—He traído unas cintas, con canciones que he grabado de la radio.

Antonio se acercó al radiocasete y puso la cinta, que empezó a sonar con la canción «Amigos para siempre» de Los Manolos. Como si aquella canción fuera una señal, se levantaron todos de golpe y empezaron a cantar y bailar al ritmo de la rumba catalana. A esa canción le siguieron: «Chiquilla» de Seguridad Social, «20 de abril» de Celtas Cortos, y muchas canciones más que bailaban y coreaban todos.

Agotados del baile, empezaron a cenar los embutidos y el pan tostado con tomate. Después recogieron la mesa y se sentaron alrededor de la chimenea.

—¿Jugamos a adivinar películas? —propuso Pilar.

—¿Eso cómo se juega? —preguntó Silvia.

—Se forman dos grupos. Uno elige una película y se la dice al oído a una persona del otro grupo. Esa persona, con mímica, tiene que hacer que los de su grupo la adivinen.

—¡Qué chulo! —Silvia se apuntaba a todo. Aquella noche quería olvidarse de las tristezas y pensar solo en divertirse con sus amigos. Los había echado tanto de menos.

Se pasaron la media hora siguiente representando títulos de películas. No llevaban la cuenta de qué grupo iba ganando. Eso no era lo importante. Les dolía el estómago de tanto reír. Es cierto que el alcohol también les ayudaba a desinhibirse. Al final, el fuego de la chimenea se apagó porque se olvidaron de alimentarlo y algunos decidieron que era una señal para irse a la cama.

—¿Quién se viene fuera a ver las estrellas?—propuso Joan.

—Yo—dijo Pilar—hay que aprovechar, que en Barcelona no tenemos un cielo tan limpio.

Joan cogió una manta y echando el brazo por encima de Pilar, se taparon los dos. Cuando salieron de la casa una bofetada de frío les dio en la cara, pero no les molestó. Al revés, agradecieron el frío después del calor de la chimenea.

—Mira—Joan levantó un dedo—esa constelación con forma de W es Casiopea.—Pilar miraba la constelación pero con el rabillo del ojo seguía mirando a Joan. Siempre habían sido muy buenos amigos.

Siguieron un buen rato mirando estrellas y constelaciones, hasta que decidieron irse a dormir.



Las botas de Rocío crujían sobre la grava del sendero.

Le gustaba aquella sensación. El aire fresco de la mañana, el silencio, la libertad de caminar mientras los demás todavía dormían. Había dejado a Pedro en la cama, en brazos de Morfeo.

Después de la fiesta de la noche anterior, más de uno se levantaría tarde y con resaca.

Pedro y ella llevaban ya casi dos años juntos. En algunas cosas eran muy diferentes. Él disfrutaba de la noche y siempre se iba a dormir tarde, en cambio a ella le gustaba levantarse temprano. A pesar de sus diferencias, se querían mucho.

Al entrar a la casa, olió a café recién hecho

Silvia estaba en la cocina preparando unas tostadas.

—¡Buenos días! Pensaba que estábais todos durmiendo.

—¡Eh, Rocío! ¡Qué madrugadora!

En la mesa, Silvia puso dos tazas y sirvió el café.

—Siempre tan atenta, gracias. Voy a preparar más tostadas, que me ha dado hambre con la caminata.

Se sentó al lado de ella.

—¿Cómo lo llevas?

—¿El qué?

—El que va a ser, tu separación.

—Tú siempre tan directa —dijo Silvia, sonriendo, pero con los ojos tristes.

Rocío la conocía muy bien.

—Cuéntame.

Se acercó a ella para acariciarle suavemente la espalda. Silvia tardó unos segundos en hablar.

—Lo he pasado muy mal. Me ha costado mucho decidirme, pero una vez que tomé la decisión, fue lo mejor que he hecho en mi vida.

Lo decía casi de memoria. No era la primera vez que lo explicaba.

Rocío se quedó en silencio, para que Silvia pudiera sacar todo lo que tenía dentro.

—¿Sabes? He sido una mujer maltratada y solo después de alejarme de él me he dado cuenta. Siempre que tenía ocasión, me dejaba en ridículo. Todo lo que yo hacía lo menospreciaba. Me alejó de vosotros. No sé cómo he podido aguantar tanto.

Silvia sopló en su taza y dio un pequeño sorbo.

—Os veo a Pedro y a ti y no hay color.

—A ver, que Pedro no es perfecto.

—Ya lo sé, no se trata de eso.

Silvia comenzó a llorar.

—¿Hay algo más? Porque lo que me has contado es para mandarlo a la mierda y no volver a saber nunca nada más de él.

—Me pegó.

Rocío se quedó inmóvil sin saber qué decir.

—Solo una vez. Y ahí ya dije basta.

—Oh, Silvia. Cuánto lo siento. ¡Qué hijo de puta!

Rocío abrazó a Silvia sin prisa, con todo el cariño del mundo. Durante ese momento, no hicieron falta más palabras.

Se oyeron pasos en la escalera. Era Pilar, que bajaba con una sonrisa en la cara.

—Pero ¿qué pasa aquí? No me digáis que habéis hecho terapia de chicas sin estar yo presente.

Silvia se secó las lágrimas.

—Hola, Pilar. No es nada nuevo. Ya te lo expliqué el otro día en tu casa.

—Bueno, aquí hemos venido a divertirnos. Si necesitas llorar, aquí tienes mi hombro. Pero ese indeseable no se merece ni un segundo de tu tiempo.

Pilar no podía esconder la sonrisa de su cara.

A Rocío no se le escapaba una.

—A ver, ¿y esa sonrisilla? ¿Qué significa?

—Nada, nada. Que estoy contenta.

—Uy, uy. Aquí hay gato encerrado. ¿Silvia, tú qué dices?

—¿Yo? Yo no digo nada. Si quiere Pilar, que lo cuente ella.

—Que no hay nada que contar. Ya está —dijo Pilar, bajando la mirada—. Que Joan me cae muy bien y lo estoy empezando a mirar con otros ojos.

—¿Joan? —preguntó Rocío—. ¿Nuestro Joan? Pero si hace un mes te gustaba uno de tu curro.

—Ya, pero mira, ¿qué quieres que te diga? Hasta ahora lo he visto siempre como un buen amigo y nada más, pero he pasado tiempo a solas con él y la verdad que me encuentro muy a gusto. La semana pasada fuimos al cine y todo fue genial. Así que lo que tenga que pasar, pasará.

Las amigas siguieron hablando de sus ilusiones, sus miedos y sus penas. Todas se escuchaban las unas a las otras con mucha atención. Ellas tres sentían que nada las podía separar.



Era casi mediodía cuando los chicos bajaron empujándose por las escaleras. Se comportaban como si fueran adolescentes, a pesar de que tenían más de veinte años.

—¿Alguien tiene una aspirina? Tengo un dolor de cabeza que parece que me va a explotar —dijo Pablo con voz pastosa.

—Tú lo que tienes es una resaca del quince —le respondió su hermano mientras le alborotaba el pelo.

—Toma una cerveza —le enseñaba una botella Antonio—. Es lo mejor para la resaca.

—Quita, quita... Prefiero una aspirina.

—Habrá que preparar el fuego para hacer la barbacoa —dijo Joan.

—Si quieres, te ayudo —se ofreció Pilar, mientras ignoraba la mirada que se intercambiaban Silvia y Rocío.

El resto del grupo se dedicó a jugar al futbolín. Se iban turnando para que todos pudieran participar. La bola chocaba una y otra vez contra los jugadores de madera y, de vez en cuando, alguien gritaba gol.

La mesa del porche ya estaba preparada.

—¡Chicos, a comer! —gritó Pilar.

El olor de la carne llegaba hasta donde estaba el grupo, se fueron corriendo a sentarse a la mesa dejando la partida a medias.

Antes de que nadie empezara a servirse, Antonio se levantó y cogió su copa.

—Propongo un brindis.

Todos lo miraron.

Con la copa alzada fue mirándolos de uno en uno.

—Brindo por la amistad. Porque sigamos todos en contacto. Que sigamos haciendo quedadas como esta. Que nuestra amistad no la rompa ni el tiempo ni el espacio.

El grupo levantó sus copas y exclamó como una sola voz:

—¡Arriba, abajo, al centro y pa' dentro!



Al terminar de comer, Antonio volvió a ponerse de pie.

—¿Otro brindis? —preguntó Pablo.

—No. No sé cómo deciros esto.

Antonio tenía la mirada perdida en el infinito.

—Lo diré directamente. Soy seropositivo. Tengo VIH.

Los amigos sintieron un escalofrío. Se hizo el silencio, que solo se rompió cuando Pablo, con una media sonrisa, preguntó:

—¿Estás de broma?

—¿Pero eso cómo es posible? —preguntó Pedro con cara de preocupación.

—No estoy bromeando —dijo Antonio.

—Antonio, tú no eres gay. ¿Cómo te has contagiado? —preguntó Pablo.

—Eso qué importa ahora —dijo Rocío, esforzándose por no llorar.

—Rocío, no llores, que no me voy a morir. Bueno, todos nos tenemos que morir, pero no ahora mismo, ni dentro de un mes. Además, cada día hay más adelantos. No tengo SIDA, ser seropositivo significa que he entrado en contacto con el virus.

—Perdona —Silvia preguntó lo que nadie se atrevía a preguntar—. ¿Puedes contagiar?

—Puedo contagiar si no tomo medidas de protección.

Pilar fue la primera en levantarse. Cruzó el poco espacio que los separaba para abrazar a Antonio. Todos los demás hicieron lo mismo. Estuvieron un rato largo abrazados, llorando y sorbiéndose los mocos.

Finalmente Antonio consiguió que todos sonrieran.

—No quiero más lloros, ¿vale? Que todavía no me he muerto. Y si seguís llorando cuando me muera me convertiré en fantasma y os asustaré por la noche.

La broma hizo que el ambiente se relajara.

—Antonio—dijo Pablo—no te quiero quitar el protagonismo, pero tengo algo importante que decir.

—Te lo cedo todo para ti—le dijo golpeándole suavemente el hombro.

—¿Dónde vais a ver la inauguración de las Olimpiadas?

Respondieron que en casa.

—¿Y si os dijera que he conseguido entradas para todos?—dijo Pablo sosteniéndolas en su mano.

La alegría volvió al grupo de amigos. Esta vez todos abrazaron a Pablo, ya no hubo más lágrimas.



Y así pasaron el fin de semana: riendo, bebiendo, comiendo y bailando.

El domingo por la tarde, cargaron todas las cosas en los dos coches. Se despidieron con abrazos y quedando en verse en el estadio Olímpico el día de la inauguración. Los coches desaparecieron por el camino de grava.

La casa se quedó vacía.

Aunque si te fijabas bien, no estaba vacía del todo. Cada fin de semana, los visitantes se dejaban un trocito de su alma. Para ellos serían recuerdos que atesorarían el resto de sus vidas. Para la casa, era lo que la hacía más fuerte. Sus cimientos se impregnaban de las historias, los bailes, las confidencias, los amores, las penas y las alegrías, pero por encima de todo la amistad.



05 agosto 2026

Tempus fugit

   A Daniel se le hacía la boca agua, pensando en la cena japonesa que había encargado por la app media hora antes, cuando sonó el timbre. 

Buenas noches, su pedido.

Muchas gracias, tenga —dijo Daniel cogiendo la bolsa de papel a la vez que le daba una propina al repartidor. 

La mesa ya estaba preparada con los cubiertos. Marta no escuchó el timbre, ni la voz de Daniel que la llamaba para cenar. Daniel entró en la habitación con mucho sigilo. Cuando habló, Marta pegó un bote en su silla.

¡Qué susto me has dado! ¿Qué pasa?

La cena está en la mesa.

¿Ya? ¿Pero qué hora es?

Son las nueve. ¿Puedes dejar lo que estás haciendo o estás muy liada?

No, ya voy.

Daniel usó los palillos para comerse un maki de atún. Se deleitó con el sabor fresco del atún y el dulzor del arroz templado. A Marta se le cayó el nigiri de salmón en la salsa de soja, salpicando el mantel. Se rieron.

A ver, no cojas el nigiri con los palillos. Mira que eres torpe, se coge con los dedos y no se moja el arroz, solo el pescado.

Marta arrugó el entrecejo pero sabía que él tenía razón.

Tengo un proyecto entre manos que, si sale bien, nos ayudará a comprar la casa de nuestros sueños y dejar de pagar alquiler. Es más, ¡nos vamos a hacer ricos!

¡Ostras! Eso estaría genial. ¿Y me lo puedes explicar o es secreto?

Ten paciencia, en pocos días tendré el prototipo y tú serás el primero en verlo.

Estoy deseando.

Me voy a seguir trabajando, por fa, ¿te encargas de recogerlo todo?

Sí, sí, tranquila, antes voy a ver un capitulo de Netflix

Marta se volvió a encerrar en su cuarto a trabajar.


   El despertador del móvil sonó y Daniel lo paró con gran esfuerzo. Anoche, se acabó la miniserie y se acostó bastante tarde. Tocó el lado de la cama donde dormía Marta y estaba vacío, no sabía ni siquiera si se había llegado a dormir o si seguía trabajando. Todavía no había amanecido, pero el ruido del camión de la basura se colaba por la ventana abierta. Hacía mucho calor y no querían gastar dinero en aire acondicionado por lo que se refrescaban como podían. Daniel se levantó y se duchó. Con la toalla anudada a la cintura, llamó al despacho de Marta.

Pasa Daniel. Estoy molida, ¡pero por fin lo he acabado!

¡Genial! Ahora no puedo entretenerme. Tengo que ir al trabajo y ya voy con el tiempo justo, pero esta tarde me lo enseñas.

Sí, vete. Voy a aprovechar para dormir un poco.

Marta tenía la boca seca, la soja siempre le daba sed. Se le cayó el mundo a los pies cuando vio que Daniel no había recogido la mesa. Bebió un vaso de agua para quitarse la sed y la sensación de derrota al ver que su marido no ayudaba lo suficiente. Siempre le hacía promesas que luego no cumplía. Lo recogió y a pesar de lo cansada que estaba, le costó dormirse pensando en su relación.


   Cuando Daniel llegó por la tarde se encontró a su mujer esperándolo en el salón. La mirada de Marta era brillante, y hablaba atropelladamente.

¡Hola! ¡Este es el prototipo! —Marta sostenía entre el pulgar y el índice un dispositivo que parecía un pila botón—. Te lo tienes que pegar en la sien derecha, o en la izquierda si eres zurdo. Va conectado a la consola de juegos, es compatible con todas las que hay en el mercado. Ahora voy a probar el juego de Harry Potter que hace meses que quiero jugar pero no he tenido tiempo. Tú solo observa y luego me dices, ¿vale?

Espera un momento, ¿todavía no lo has probado?¿Y vas a ser tú el conejillo de indias? Uf… ¿No será peligroso?

Tranquilo que no me va a pasar nada.

No, si estoy tranquilo. —El tono de Daniel no era muy convincente.

Marta encendió la Playstation 5 y eligió el juego. Desenchufó la consola del monitor, se sentó en un sillón y se puso el pequeño botón en la sien derecha.

¿No necesitas la tele para jugar?

Con esto no es necesario. Ahora espera.

Marta cerró los ojos y entró en el juego, se paseó por todos los escenarios y habló con los personajes del juego. Encontró todas las pistas, hizo todas las pociones, luchó contra los enemigos y finalmente se pasó el juego.

¡Ya está!

¿Cómo que ya está?

Que ya lo he acabado. ¡Es maravilloso! Me ha gustado mucho.

A ver, Marta, ¿me estás tomando el pelo?

¡No!

¿Cómo es posible que te hayas pasado el juego? Si solo has parpadeado.

En eso consiste. En que mientras estas jugando horas y horas, en la vida real solo ha pasado un microsegundo. Pero tengo que seguir trabajando en el proyecto porque hay un desfase entre la imagen y el sonido, es poco pero es molesto.

Esto es increíble. ¿Necesitas que te ayude en algo?

De momento, con que te encargues de las cosas de la casa, ya es suficiente. Si esto sale bien, podremos pagar para que nos hagan las cosas, vamos a vivir como reyes.

Ojalá, Marta. Ojalá.


   Se pasó los meses siguientes perfeccionando el dispositivo. Muy a menudo se conectaba para ir probando. Además, tenía un listado de juegos que quería probar. Con algunos funcionó a la perfección, pero había un problema: no podía jugar en línea con otros jugadores, ya que los veía como en cámara lenta. En el Call of Duty los mataba a todos, y eso no tenía gracia. Ese contratiempo se solucionaría cuando todos los usuarios jugasen con el dispositivo.


   Marta se había levantado muy temprano para trabajar en la presentación del proyecto. Olía a café y tostadas.

¿Desayunamos? —preguntó Daniel

Sí, ahora despejo la mesa y pongo el mantel.¿Puedes abrir la ventana? Que hace calor.

Estamos en enero, los nervios son los que te dan calor. Estás que te subes por las paredes.

¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó para cambiar de conversación y no pensar en la presentación.

Voy a ir al mercado a comprar fruta y verdura, que tenemos la nevera vacía. No veo el día en que seamos ricos y no tengamos que preocuparnos de estas cosas. Y tú ¿qué planes tienes?

Quiero ir a la farmacia a ver si me dan algo natural para los nervios.


La farmacéutica la saludó.

Buenos días.

Hola, tienen algo para los nervios, es que estoy un poco nerviosa y no duermo bien.

Claro, esto le irá bien. Es passiflora, tómese una cápsula por la mañana y otra por la noche. ¿Necesita algo más?

Verá. —Marta bajó la mirada—. Tengo un retraso de tres semanas y necesitaría un test de embarazo.

Con solo tres semanas a veces los tests fallan. Si es positivo es positivo, pero a veces sale negativo y puede ser falso. —La farmacéutica metió en una bolsa de papel el test y las pastillas.

Comprendo.

Después de pagar, se dirigió caminando con prisa a su casa. Quería hacerse el test sin que Daniel supiera nada, conocía de sobras sus deseos de ser padre. Entró en el baño y esperó el resultado. Negativo. Un alivio se dibujó en la cara de Marta. No había descartado ser madre, pero ahora no era el momento más indicado. Pensó en lo que le había dicho la farmacéutica. Ella era muy puntual con sus reglas, así que no se contentó con el test y le escribió un mensaje a su amiga Clara, que era ginecóloga.



«Hola, Clara. ¿Te pillo bien para llamarte?»

«Claro, llámame»

Clara puso el teléfono en manos libres

¿Qué pasa?

Tengo un retraso de tres semanas, me he hecho el test de embarazo y me ha dado negativo, pero ya sabes que yo soy muy puntual.

Bueno, tranquilízate. Vente el lunes a mi consulta y te haré unos análisis y así ya vamos viendo.

Gracias Clara, eres un amor. Nos vemos el lunes.


   El domingo amaneció con el cielo gris. Daniel consultó la app de meteorología y daba lluvia todo el día, los planes de hacer una barbacoa en la terraza se habían caído.

Parece que va a estar lloviendo todo el día. ¿Cambiamos de plan? ¿Qué te parece ir al cine?

Qué buena idea, ¿habías pensado en alguna película?

¿Qué tal Matrix?

Me encanta Matrix. Y el actor, ¿cómo se llama? El que es muy guapo.

¿Keanu Reeves?

Ése.

Pues venga, ¡vámonos!

Fueron a la sesión matinal. La sala estaba casi vacía. Mientras veían la película, había empezado a llover. Ahora la gente corría de un lado a otro con los paraguas abiertos, pero de poco le servía porque el viento los volvía del revés dejando a sus dueños empapados.

Con la que está cayendo, mejor nos quedamos a comer por aquí en el centro comercial —propuso Marta.

Sí, me apetece que vayamos a un frankfurt, algo barato. Que este mes, con los regalos y todo, la cuenta está bastante tocada

Hacia las tres de la tarde ya había dejado de llover, y regresaron a casa.

Marta cogió el viejo tablero de ajedrez, era un regalo de su padre y no lo quería cambiar por un juego nuevo. La madera de las fichas habían perdido su barniz original y al caballo negro le faltaba un trocito del morro.

¿Sabes? Después de estar tanto tiempo jugando con la consola, me apetecía volver a lo clásico y jugar una partida en la vida real.

Sí, no está mal de vez en cuando jugar de forma tradicional— dijo Daniel mientras se acercaba a Marta y la abrazaba. Ella se separó suavemente de él.

Cariño, no tengo mucha hambre, cena tú si quieres yo me voy a la cama. Llevo varios días que me cuesta dormir y tengo el sueño atrasado.

Bueno, ya ceno yo solo. No tardaré en irme a la cama, mañana madrugo. Descansa.


   Al día siguiente Marta esperó a que Daniel se marchara de casa para levantarse. Se duchó con calma, se vistió y se preparó algo de comer. Tenía hambre. Eso de acostarse sin cenar hizo que le rugieran las tripas. Las tostadas y el café le supieron a gloria, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de un simple desayuno.

Salió de casa y cogió el autobús que la llevaba a la consulta de Clara.

Buenos días. ¿Tiene cita? —preguntó la recepcionista. Antes de que Marta pudiera responder, Clara salió de su despacho.

Hola, Marta. Cristina, agenda las pacientes para esta tarde, por favor. Voy a estar ocupada.

Claro Dra. Martínez.

Pasaron al despacho de la doctora. Detrás de la mesa con cajones estaba la silla donde se sentó Clara. Marta se sentó al otro lado de la mesa, detrás de ella un biombo ocultaba una camilla de exploraciones ginecológicas.

Voy a sacarte sangre. Con este análisis saldremos de dudas.

Marta sintió un pinchazo en la vena y apartó la mirada para no ver como su amiga llenaba varios tubitos de su sangre. Clara los metió en una nevera portátil y llamó por teléfono al laboratorio.

Buenos días, soy la doctora Martínez, tengo unas muestras para el laboratorio. 

A los cinco minutos se presentó un técnico del laboratorio a recoger la nevera.

¿Tardará mucho? —preguntó Marta.

Alrededor de una hora, si quieres podemos ir a dar una vuelta. Hasta la tarde no tengo pacientes.

Sí, claro. Estar aquí sentada me pone más nerviosa.


Las dos salieron a la fría mañana de invierno. Los escaparates, adornados con motivos navideños, las acompañaban en su paseo.

¿Tienes hambre?

No, ya he desayunado. Pero si quieres me tomo un café mientras tú desayunas.

Sí —dijo Clara—. Yo todavía no he probado bocado.

Entraron a una cafetería. Clara comía un croissant y un té matcha. Marta apenas había probado su café. El móvil de Clara pitó.

Bueno, ya tienen los resultados, han tardado menos de lo que me esperaba.

¿Y?

¿No quieres que vayamos al despacho a verlos?¿Quieres que los consulte aquí?

Sí, por favor —rogó Marta, estrujando la servilleta que tenía entre las manos.

Clara consultó los resultados.

No estás embarazada.

¿Seguro?

Segurísimo, pero…

Vaya, siempre hay un pero —se lamentó Marta.

Tú tienes mi edad, cumples treinta en marzo si no me equivoco.

Sí.

Es que según las analíticas tus niveles hormonales son los de una mujer con la perimenopausia.

¿Qué significa eso?

Pues que tus ovarios están empezando a fallar.

¿Quieres decir que no podré tener hijos?

No, quiero decir que si no te das prisa, no los vas a poder tener. Pero esto es muy extraño, ¿hay antecedentes familiares? ¿A qué edad se le retiró la regla a tu madre?

Creo que sobre los cincuenta y dos.

Es muy raro. ¿Tienes sofocos? ¿Niebla mental? ¿Dificultad para dormir?

Ahora que lo dices, sí. —Marta se quedó pensando.

Se despidió de su amiga con un beso y salió corriendo de la cafetería. Se dirigió a una parada de taxi y se subió a uno.



   Al llegar a su casa se fue corriendo a su habitación. Cogió el dispositivo, todos los pendrive con la información de su proyecto y borró todo el disco duro del ordenador. Salió a la terraza y con un poco de carbón, una pastilla y un mechero encendió un fuego en la barbacoa. Cuando los carbones se pusieron al rojo vivo tiró todo su trabajo y lo vió derretirse.

Cuando todo se quemó, suspiró aliviada. Se recostó en el sillón a esperar a su marido. Al caer la tarde Daniel llegó a casa y se encontró a su mujer hecha un ovillo en el sillón.

¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

No, no estoy bien. He quemado todo mi trabajo.

¿Por qué?

Lo siento mucho —dijo, con hilo de voz—. Ya no seremos ricos. Ya no tendremos una hermosa casa ni nadie que nos venga a ayudar. Lo que he inventado es muy peligroso. El tiempo no pasa en la vida real pero envejece al usuario. De alguna manera modifica el tiempo celular y eso tiene consecuencias. He visitado a Clara y es posible que tenga una menopausia temprana. Cabe la posibilidad de que no podamos tener niños.

Pero, ¿qué estás diciendo? En todo caso, tú no podrás ser madre.

¿En serio, Daniel? —Marta gritó con todas sus fuerzas—. Vete, vete de mi vista. Eres un ruin. ¡Vete a la mierda!


Daniel recogió sus cosas y se fue. Marta se quedó sola.

 

Abrió una lata de berberechos, unas patatas chips y una cerveza sin alcohol. Tomó la copa y brindó por ella.


Por mí, y por mis futuros proyectos que lo van a petar…