14 enero 2008

¡Felicidades Javier!


Javier Bardem ha ganado el globo de oro como mejor actor secundario en la película "No es país para viejos". Ahora a por el Óscar!!!

13 enero 2008

El voceras de la COPE:



GRAJO

Gran inquisidor, martillo de herejes.

Desde su gran autoridad de pacotilla

va encendiendo con cerillas

las grandes piras de leña verde.


Se piensa halcón altanero

que desde las alturas otea la tierra;

pero es más bien de vuelo raso

y con sus alas roza mierda.


Cria cuervos y te sacaran los ojos.

Dime de que presumes...

En el pecado está..

En el pais de los tuertos...

el ciego es él.


Ave de mal agüero y dañina

que va cagando estricnina

sobre las ondas hercianas.


Y se alimenta de lo más podrido,

de lo más sórdido...

que encuentra bajo las sotanas.

Franciso Jiménez

11 enero 2008

El círculo del Noventa y nueve

Aquí os dejo un cuento de Jorge Bucay para relexionar sobre la felicidad, espero que os guste.


Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.
Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey contando y tarareando alegres canciones de juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.
Un día, el rey lo mandó a llamar.
—Paje –le dijo— ¿cuál es el secreto?
—¿Qué secreto, Majestad?
—¿Cuál es el secreto de tu alegría?
—No hay ningún secreto, Alteza.
—No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
—No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
—¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?
—Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?
—Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey—. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
—Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...
—Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
—¿Por qué él es feliz?
—Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
—¿Fuera del círculo?
—Así es.
—¿Y eso es lo que lo hace feliz?
—No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
—A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
—Así es.
—Y él no está.
—Así es.
—¿Y cómo salió?
—¡Nunca entró!
¿Qué círculo es ese?
—El círculo del 99.
—Verdaderamente, no te entiendo nada.
—La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
—¿Cómo?
—Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
—Eso, obliguémoslo a entrar.
—No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
—Entonces habrá que engañarlo.
—No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito.
—¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
—Sí, se dará cuenta.
—Entonces no entrará.
—No lo podrá evitar.
—¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
—Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
—Sí.
—Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
—¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?
—Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
—Hasta la noche.
Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey.
Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba.
Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:
ESTE TESORO ES TUYO.
ES EL PREMIO POR SER UN BUEN HOMBRE.
DISFRÚTALO Y NO CUENTES A NADIE CÓMO LO ENCONTRASTE.
Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse.
Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía.
El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y entró en su casa.
Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena.
El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa.
Sus ojos no podían creer lo que veían.
¡Era una montaña de monedas de oro!
Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él.
El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas.
Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas:
Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta que formó la última pila:
9 monedas!
Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa.
“No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
—Me robaron –gritó— me robaron, malditos!
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba.
Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro “sólo 99”.
“99 monedas. Es mucho dinero”, pensó.
Pero me falta una moneda.
Noventa y nueve no es un número completo –pensaba—. Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que asomaban sus dientes.
El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.
¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?
Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta.
Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla.
Después quizás no necesitara trabajar más.
Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar.
Con cien monedas un hombre es rico.
Con cien monedas se puede vivir tranquilo.
Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.
“Doce años es mucho tiempo”, pensó.
Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello.
Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero.
¡Era demasiado tiempo!
Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender...
Vender...
Vender...
Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno?
¿Para qué más de un par de zapatos?
Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
El rey y el sabio, volvieron al palacio.
El paje había entrado en el círculo del 99...
...Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche.
Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando y de pocas pulgas.
—¿Qué te pasa? –preguntó el rey de buen modo.
—Nada me pasa, nada me pasa.
—Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
—Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.
No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

09 enero 2008

Regalos de Navidad


Ayer hablaban las noticias sobre los regalos de Navidad y que sobretodo la ropa y el calzado tenían que volver a visitar las tiendas porque los Reyes o Papa Noel no habían acertado en la talla, hasta aquí vale pero lo que me sorprendió es que había un buen número de personas que cambiaban los regalos por otro, y yo pensé "yo nunca cambiaría un regalo por ese motivo" hay regalos que te gustan más que otros pero sólo por la molestia que se ha tomado el que te lo ha regalado no se merece ese desprecio. Si hay algo que verdaderamente te hace ilusión y nadie lo sabe, puedes esperar otra ocasión, o ahorrarlo y comprártelo tú mismo. ¿Tú que opinas?

07 enero 2008

HACER EL AMOR

No prostituyas las palabras,
al pan, pan; y al vino, vino
llámalo coitar, joder, follar
lamer, besar, chupar...
Pero llamarlo hacer el amor
es indigno.

Hacer el amor
es darle de comer al hambriento.
Hacer el amor
es reconfortar al enfermo.
Hacer el amor
es escuchar al anciano.
Hacer el amor
es querer a tu hermano
sea blanco, negro, o gitano.

Hacer el amor
es acompañar al moribundo.
Hacer el amor
es sonreírle al vagabundo.
Hacer el amor
es llorar con el que sufre su duelo.
Hacer el amor
es limpiarle los mocos al abuelo.
Hacer el amor
es ser honrado y consciente
haciéndole el bien a la gente.

Hacer el amor
no es el tanto tienes, tanto vales.
ni tiene nada que ver con los genitales.

Para hacer el amor
se tiene que ser valiente,
abstenerse cínicos, malnacidos
egoístas e inconscientes.
Y si no somos lo suficientemente hombres,
al menos, llamemos a las cosas
por su nombre.
Francisco Jiménez

06 enero 2008

Carta a un adolescente

Tienes 17 años y has dejado los estudios. Cuando me enteré lo primero que pensé "pero ¿qué hace?¿si no le iba tan mal?¿si no ha repetido nunca?". Ahora después de reflexionar creo que has hecho lo mejor porque seguir asistiendo a clase (que no estudiando) hubiese sido una pérdida de tiempo pero como dice el dicho "nadie aprende en cabeza ajena" sólo tú tendrás que sacar conclusiones de tu decisión y tu experiencia.

Los adolescentes tenéis prisa, prisa por vivir, parece que os falta tiempo. Algunos creéis que estudiar es una pérdida de tiempo y estáis deseando trabajar para tener un dinerillo. ¿pero qué clase de trabajo encuentras si no estás preparado?, no todo el mundo tiene que ser universitario pero sí tienes que tener una formación adecuada para enfrentarte al mundo laboral en las mejores condiciones.

Por otra parte creo que tampoco es el fin del mundo, no es una decisión irrevocable puedes más adelante retomar los estudios pero tienes que ser consciente que es más difícil retomarlos que seguir adelante. Sólo espero que las decisiones que tengas que tomar a corto plazo sean las acertadas. Si lees esto te mando un beso muy grande y ojalá que las cosas te salgan bien.

Con cariño

Tu tita Carmen

03 enero 2008

Ya estoy de vuelta

Pues sí, ya estoy de vuelta y no he venido sola me acompaña una gastroenteritis que me está dejando un poco debilucha.

Para empezar bien el año os dejo otra de las poesías de mi hermano.


Adamar

Quizás las piedras sean daltónicas; pero...
lo que nunca entenderé,
es cómo consiguen estar
tanto tiempo sin respirar.

Esquemar, esquemar,
ata tus zapatos rotos
con cordones de cristal,
vístete por dentro, niña,
con la luz de la luna y de sal.
Extiende tus alas al sol.
a orear, a secar ...

Esquemar, esquemar,
que bonito es navegar
por calles luminiscentes
sobre las olas del mar.

Quién pudiera ser gaviota
y volar, y volar...
y vivir de la carroña
en este inmenso carroñal.

Te esperaré sentado
en la barra de algún garito
silbando la música eléctrica,
de tu videojuego favorito.

Esquemar, esquemar
que bonito es navegar
por las calles concurrentes,
si te lleva la corriente,
de bar en bar.
Francisco Jiménez