A Daniel se le hacía la boca agua, pensando en la cena japonesa que había encargado por la app media hora antes, cuando sonó el timbre.
—Buenas noches, su pedido.
—Muchas gracias, tenga —dijo Daniel cogiendo la bolsa de papel a la vez que le daba una propina al repartidor.
La mesa ya estaba preparada con los cubiertos. Marta no escuchó el timbre, ni la voz de Daniel que la llamaba para cenar. Daniel entró en la habitación con mucho sigilo. Cuando habló, Marta pegó un bote en su silla.
—¡Qué susto me has dado! ¿Qué pasa?
—La cena está en la mesa.
—¿Ya? ¿Pero qué hora es?
—Son las nueve. ¿Puedes dejar lo que estás haciendo o estás muy liada?
—No, ya voy.
Daniel usó los palillos para comerse un maki de atún. Se deleitó con el sabor fresco del atún y el dulzor del arroz templado. A Marta se le cayó el nigiri de salmón en la salsa de soja, salpicando el mantel. Se rieron.
—A ver, no cojas el nigiri con los palillos. Mira que eres torpe, se coge con los dedos y no se moja el arroz, solo el pescado.
Marta arrugó el entrecejo pero sabía que él tenía razón.
—Tengo un proyecto entre manos que, si sale bien, nos ayudará a comprar la casa de nuestros sueños y dejar de pagar alquiler. Es más, ¡nos vamos a hacer ricos!
—¡Ostras! Eso estaría genial. ¿Y me lo puedes explicar o es secreto?
—Ten paciencia, en pocos días tendré el prototipo y tú serás el primero en verlo.
—Estoy deseando.
—Me voy a seguir trabajando, por fa, ¿te encargas de recogerlo todo?
—Sí, sí, tranquila, antes voy a ver un capitulo de Netflix
Marta se volvió a encerrar en su cuarto a trabajar.
El despertador del móvil sonó y Daniel lo paró con gran esfuerzo. Anoche, se acabó la miniserie y se acostó bastante tarde. Tocó el lado de la cama donde dormía Marta y estaba vacío, no sabía ni siquiera si se había llegado a dormir o si seguía trabajando. Todavía no había amanecido, pero el ruido del camión de la basura se colaba por la ventana abierta. Hacía mucho calor y no querían gastar dinero en aire acondicionado por lo que se refrescaban como podían. Daniel se levantó y se duchó. Con la toalla anudada a la cintura, llamó al despacho de Marta.
—Pasa Daniel. Estoy molida, ¡pero por fin lo he acabado!
—¡Genial! Ahora no puedo entretenerme. Tengo que ir al trabajo y ya voy con el tiempo justo, pero esta tarde me lo enseñas.
—Sí, vete. Voy a aprovechar para dormir un poco.
Marta tenía la boca seca, la soja siempre le daba sed. Se le cayó el mundo a los pies cuando vio que Daniel no había recogido la mesa. Bebió un vaso de agua para quitarse la sed y la sensación de derrota al ver que su marido no ayudaba lo suficiente. Siempre le hacía promesas que luego no cumplía. Lo recogió y a pesar de lo cansada que estaba, le costó dormirse pensando en su relación.
Cuando Daniel llegó por la tarde se encontró a su mujer esperándolo en el salón. La mirada de Marta era brillante, y hablaba atropelladamente.
—¡Hola! ¡Este es el prototipo! —Marta sostenía entre el pulgar y el índice un dispositivo que parecía un pila botón—. Te lo tienes que pegar en la sien derecha, o en la izquierda si eres zurdo. Va conectado a la consola de juegos, es compatible con todas las que hay en el mercado. Ahora voy a probar el juego de Harry Potter que hace meses que quiero jugar pero no he tenido tiempo. Tú solo observa y luego me dices, ¿vale?
—Espera un momento, ¿todavía no lo has probado?¿Y vas a ser tú el conejillo de indias? Uf… ¿No será peligroso?
—Tranquilo que no me va a pasar nada.
—No, si estoy tranquilo. —El tono de Daniel no era muy convincente.
Marta encendió la Playstation 5 y eligió el juego. Desenchufó la consola del monitor, se sentó en un sillón y se puso el pequeño botón en la sien derecha.
—¿No necesitas la tele para jugar?
—Con esto no es necesario. Ahora espera.
Marta cerró los ojos y entró en el juego, se paseó por todos los escenarios y habló con los personajes del juego. Encontró todas las pistas, hizo todas las pociones, luchó contra los enemigos y finalmente se pasó el juego.
—¡Ya está!
—¿Cómo que ya está?
—Que ya lo he acabado. ¡Es maravilloso! Me ha gustado mucho.
—A ver, Marta, ¿me estás tomando el pelo?
—¡No!
—¿Cómo es posible que te hayas pasado el juego? Si solo has parpadeado.
—En eso consiste. En que mientras estas jugando horas y horas, en la vida real solo ha pasado un microsegundo. Pero tengo que seguir trabajando en el proyecto porque hay un desfase entre la imagen y el sonido, es poco pero es molesto.
—Esto es increíble. ¿Necesitas que te ayude en algo?
—De momento, con que te encargues de las cosas de la casa, ya es suficiente. Si esto sale bien, podremos pagar para que nos hagan las cosas, vamos a vivir como reyes.
—Ojalá, Marta. Ojalá.
Se pasó los meses siguientes perfeccionando el dispositivo. Muy a menudo se conectaba para ir probando. Además, tenía un listado de juegos que quería probar. Con algunos funcionó a la perfección, pero había un problema: no podía jugar en línea con otros jugadores, ya que los veía como en cámara lenta. En el Call of Duty los mataba a todos, y eso no tenía gracia. Ese contratiempo se solucionaría cuando todos los usuarios jugasen con el dispositivo.
Marta se había levantado muy temprano para trabajar en la presentación del proyecto. Olía a café y tostadas.
—¿Desayunamos? —preguntó Daniel
—Sí, ahora despejo la mesa y pongo el mantel.¿Puedes abrir la ventana? Que hace calor.
—Estamos en enero, los nervios son los que te dan calor. Estás que te subes por las paredes.
—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó para cambiar de conversación y no pensar en la presentación.
—Voy a ir al mercado a comprar fruta y verdura, que tenemos la nevera vacía. No veo el día en que seamos ricos y no tengamos que preocuparnos de estas cosas. Y tú ¿qué planes tienes?
—Quiero ir a la farmacia a ver si me dan algo natural para los nervios.
La farmacéutica la saludó.
—Buenos días.
—Hola, tienen algo para los nervios, es que estoy un poco nerviosa y no duermo bien.
—Claro, esto le irá bien. Es passiflora, tómese una cápsula por la mañana y otra por la noche. ¿Necesita algo más?
—Verá. —Marta bajó la mirada—. Tengo un retraso de tres semanas y necesitaría un test de embarazo.
—Con solo tres semanas a veces los tests fallan. Si es positivo es positivo, pero a veces sale negativo y puede ser falso. —La farmacéutica metió en una bolsa de papel el test y las pastillas.
—Comprendo.
Después de pagar, se dirigió caminando con prisa a su casa. Quería hacerse el test sin que Daniel supiera nada, conocía de sobras sus deseos de ser padre. Entró en el baño y esperó el resultado. Negativo. Un alivio se dibujó en la cara de Marta. No había descartado ser madre, pero ahora no era el momento más indicado. Pensó en lo que le había dicho la farmacéutica. Ella era muy puntual con sus reglas, así que no se contentó con el test y le escribió un mensaje a su amiga Clara, que era ginecóloga.
«Hola, Clara. ¿Te pillo bien para llamarte?»
«Claro, llámame»
Clara puso el teléfono en manos libres
—¿Qué pasa?
—Tengo un retraso de tres semanas, me he hecho el test de embarazo y me ha dado negativo, pero ya sabes que yo soy muy puntual.
—Bueno, tranquilízate. Vente el lunes a mi consulta y te haré unos análisis y así ya vamos viendo.
—Gracias Clara, eres un amor. Nos vemos el lunes.
El domingo amaneció con el cielo gris. Daniel consultó la app de meteorología y daba lluvia todo el día, los planes de hacer una barbacoa en la terraza se habían caído.
—Parece que va a estar lloviendo todo el día. ¿Cambiamos de plan? ¿Qué te parece ir al cine?
—Qué buena idea, ¿habías pensado en alguna película?
—¿Qué tal Matrix?
—Me encanta Matrix. Y el actor, ¿cómo se llama? El que es muy guapo.
—¿Keanu Reeves?
—Ése.
—Pues venga, ¡vámonos!
Fueron a la sesión matinal. La sala estaba casi vacía. Mientras veían la película, había empezado a llover. Ahora la gente corría de un lado a otro con los paraguas abiertos, pero de poco le servía porque el viento los volvía del revés dejando a sus dueños empapados.
—Con la que está cayendo, mejor nos quedamos a comer por aquí en el centro comercial —propuso Marta.
—Sí, me apetece que vayamos a un frankfurt, algo barato. Que este mes, con los regalos y todo, la cuenta está bastante tocada
Hacia las tres de la tarde ya había dejado de llover, y regresaron a casa.
Marta cogió el viejo tablero de ajedrez, era un regalo de su padre y no lo quería cambiar por un juego nuevo. La madera de las fichas habían perdido su barniz original y al caballo negro le faltaba un trocito del morro.
—¿Sabes? Después de estar tanto tiempo jugando con la consola, me apetecía volver a lo clásico y jugar una partida en la vida real.
—Sí, no está mal de vez en cuando jugar de forma tradicional— dijo Daniel mientras se acercaba a Marta y la abrazaba. Ella se separó suavemente de él.
—Cariño, no tengo mucha hambre, cena tú si quieres yo me voy a la cama. Llevo varios días que me cuesta dormir y tengo el sueño atrasado.
—Bueno, ya ceno yo solo. No tardaré en irme a la cama, mañana madrugo. Descansa.
Al día siguiente Marta esperó a que Daniel se marchara de casa para levantarse. Se duchó con calma, se vistió y se preparó algo de comer. Tenía hambre. Eso de acostarse sin cenar hizo que le rugieran las tripas. Las tostadas y el café le supieron a gloria, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de un simple desayuno.
Salió de casa y cogió el autobús que la llevaba a la consulta de Clara.
—Buenos días. ¿Tiene cita? —preguntó la recepcionista. Antes de que Marta pudiera responder, Clara salió de su despacho.
—Hola, Marta. Cristina, agenda las pacientes para esta tarde, por favor. Voy a estar ocupada.
—Claro Dra. Martínez.
Pasaron al despacho de la doctora. Detrás de la mesa con cajones estaba la silla donde se sentó Clara. Marta se sentó al otro lado de la mesa, detrás de ella un biombo ocultaba una camilla de exploraciones ginecológicas.
—Voy a sacarte sangre. Con este análisis saldremos de dudas.
Marta sintió un pinchazo en la vena y apartó la mirada para no ver como su amiga llenaba varios tubitos de su sangre. Clara los metió en una nevera portátil y llamó por teléfono al laboratorio.
—Buenos días, soy la doctora Martínez, tengo unas muestras para el laboratorio.
A los cinco minutos se presentó un técnico del laboratorio a recoger la nevera.
—¿Tardará mucho? —preguntó Marta.
—Alrededor de una hora, si quieres podemos ir a dar una vuelta. Hasta la tarde no tengo pacientes.
—Sí, claro. Estar aquí sentada me pone más nerviosa.
Las dos salieron a la fría mañana de invierno. Los escaparates, adornados con motivos navideños, las acompañaban en su paseo.
—¿Tienes hambre?
—No, ya he desayunado. Pero si quieres me tomo un café mientras tú desayunas.
—Sí —dijo Clara—. Yo todavía no he probado bocado.
Entraron a una cafetería. Clara comía un croissant y un té matcha. Marta apenas había probado su café. El móvil de Clara pitó.
—Bueno, ya tienen los resultados, han tardado menos de lo que me esperaba.
—¿Y?
—¿No quieres que vayamos al despacho a verlos?¿Quieres que los consulte aquí?
—Sí, por favor —rogó Marta, estrujando la servilleta que tenía entre las manos.
Clara consultó los resultados.
—No estás embarazada.
—¿Seguro?
—Segurísimo, pero…
—Vaya, siempre hay un pero —se lamentó Marta.
—Tú tienes mi edad, cumples treinta en marzo si no me equivoco.
—Sí.
—Es que según las analíticas tus niveles hormonales son los de una mujer con la perimenopausia.
—¿Qué significa eso?
—Pues que tus ovarios están empezando a fallar.
—¿Quieres decir que no podré tener hijos?
—No, quiero decir que si no te das prisa, no los vas a poder tener. Pero esto es muy extraño, ¿hay antecedentes familiares? ¿A qué edad se le retiró la regla a tu madre?
—Creo que sobre los cincuenta y dos.
—Es muy raro. ¿Tienes sofocos? ¿Niebla mental? ¿Dificultad para dormir?
—Ahora que lo dices, sí. —Marta se quedó pensando.
Se despidió de su amiga con un beso y salió corriendo de la cafetería. Se dirigió a una parada de taxi y se subió a uno.
Al llegar a su casa se fue corriendo a su habitación. Cogió el dispositivo, todos los pendrive con la información de su proyecto y borró todo el disco duro del ordenador. Salió a la terraza y con un poco de carbón, una pastilla y un mechero encendió un fuego en la barbacoa. Cuando los carbones se pusieron al rojo vivo tiró todo su trabajo y lo vió derretirse.
Cuando
todo se quemó, suspiró aliviada. Se recostó en el sillón a
esperar a su marido. Al caer la tarde Daniel llegó a casa y se
encontró a su mujer hecha un ovillo en el sillón.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
—No, no estoy bien. He quemado todo mi trabajo.
—¿Por qué?
—Lo siento mucho —dijo, con hilo de voz—. Ya no seremos ricos. Ya no tendremos una hermosa casa ni nadie que nos venga a ayudar. Lo que he inventado es muy peligroso. El tiempo no pasa en la vida real pero envejece al usuario. De alguna manera modifica el tiempo celular y eso tiene consecuencias. He visitado a Clara y es posible que tenga una menopausia temprana. Cabe la posibilidad de que no podamos tener niños.
—Pero, ¿qué estás diciendo? En todo caso, tú no podrás ser madre.
—¿En serio, Daniel? —Marta gritó con todas sus fuerzas—. Vete, vete de mi vista. Eres un ruin. ¡Vete a la mierda!
Daniel recogió sus cosas y se fue. Marta se quedó sola.
Abrió una lata de berberechos, unas patatas chips y una cerveza sin alcohol. Tomó la copa y brindó por ella.
—Por mí, y por mis futuros proyectos que lo van a petar…
2 comentarios:
Marta yo confío en tus futuros proyectos!!
Muchas gracias por pasar y comentar.
Publicar un comentario