Siempre he compartido en este blog los escritos de mi hermano y otros autores, por primera vez voy a compartir el primer relato que he escrito, espero que lo disfrutéis.
La romería
Atardecía un día de agosto en un pueblo de Sevilla, las mujeres con sus hijas iban a la iglesia a preparar la figura de la Virgen para la romería. Como cada año, vestían a la Virgen con su manto y la rodeaban de flores frescas para la procesión. Pepita y sus amigas habían ido a acompañar a sus madres en esta tarea, pero pronto se cansaron de ayudar y se sentaron en el frío suelo de la iglesia a jugar a las palmas. De tanto en tanto las madres miraban de reojo a sus hijas para ver qué hacían.
Pepita no podía estarse quieta mucho tiempo, se ve que nacer en plena guerra civil le había marcado el carácter. Se levantó y se puso a investigar todos los rincones de la iglesia. Se metió debajo del altar y se puso a contar las baldosas del suelo. Una de las mujeres al acabar de arreglar la virgen exclamó
—¡Uy! que tarde qué es, Mariquilla vamos que todavía tengo que hacer la cena .
Todas las mujeres y niñas armaron un revuelo al salir de la iglesia. Las madres se fueron a sus casas y las niñas corrieron a la plaza del pueblo a seguir jugando, estaba refrescando y era la mejor hora para estar en la calle.
Pepita entretenida en sus cosas no se dió cuenta de que se había ido todo el mundo, de repente escuchó el silencio de la iglesia que le cayó como una losa. Corrió hacia la puerta y la encontró cerrada a cal y canto. Recorrió todos los rincones de la iglesia para buscar una salida, empezó a gritar como una loca a ver si la oían y acudía alguien a sacarla de allí. De pronto sintió miedo. Un escalofrío le recorrió la espalda y al girarse vio un cuadro que parecía que la estaba mirando, se sentó en un rincón a llorar y lloró y lloró hasta que se durmió.
Una luz iluminó la cabeza de la niña, y todavía medio dormida abrió los ojos. De repente la vio. Una figura iluminada a contraluz, solo intuía su silueta.
—Hola niña ¿qué haces aquí?
—Se ha ido todo el mundo y me he quedado sola y no puedo salir de la iglesia, ¿tú quién eres?
—Eso no importa, quieres que te ayude a salir de aquí, pero hay un problema. No sé cómo lo has hecho pero no estás… A ver cómo te lo explico. No estás en tu línea temporal. No te preocupes, soy el ayudante de un científico, le pediré ayuda para poder llevarte a tu casa.
—No te entiendo muy bien, ¿pero me podrás sacar de la iglesia? Quiero irme a casa y estar con mi mamá.
Conchita cantaba una canción de la Piquer, «a la lima y a la limón tú no tienes quién te quiera, a la lima y al limón te vas a quedar soltera...» mientras hacía un gazpacho con el pan y el ajo de racionamiento, los tomates regalados por una buena vecina y el aceite que le habían dado a su marido en el molino dónde trabajaba. Pensaba en la gran suerte que tenía por tener a su Pepita. La niña vino cuando ya había perdido la esperanza de tener hijos, perdió a su primer hijo en el parto. Siempre que pasaba por el cementerio se acordaba de su niño, decía que unas horas antes del parto lo sintió mover, de eso ya hacía casi veinte años. Así que Pepita lo era todo para ella. A Conchita la quería todo el pueblo, era una mujer muy buena y muy creyente, más de lo que ya era de por sí la población en aquella época. Se sabía de memoria todo el santoral y qué santo servía para cada ocasión y qué oración tenía que rezar para cada uno.
Terminado el gazpacho, salió a la calle a buscar a su hija. La estuvo llamando un rato pero no contestó nadie, en la plaza la buscó por todos los rincones, encontró al grupo de niñas y preguntó
—¿Habéis visto a mi Pepita?
—Yo creo que la he visto paseando al lado del arroyo—respondió una de ellas, y hasta allí fue a buscarla pero no la encontró. Preguntó a todos los vecinos con los que se encontraba, nadie la había visto. Recorrió todo el pueblo. La gente al verla correr y gritar se sumó en la búsqueda de la niña.
En la iglesia se encendieron las luces, y por fin Pepita pudo ver con quién estaba hablando. Era un joven moreno, delgado y con una mirada muy clara.
—¿Tienes hambre?—preguntó el muchacho
—Yo siempre tengo hambre
—Ya me lo había imaginado. Ven salgamos de aquí y vayamos a casa de mi amigo el científico.
—Pero yo me quiero ir a mi casa, seguro que mi madre me estará buscando.
—Lo sé, lo sé… Ya te he dicho que es complicado pero mi amigo te ayudará a llegar a tu casa.
Salieron de la iglesia, y se montaron en un coche rojo. Cuando llegaron a casa del científico, los estaba esperando.
—¡Vaya! ¡Quién tenemos aquí! Muchacho, mis equipos han notado una vibración muy extraña en el velo que separa los universos, sabía que vendrías a verme. Esta niña es del otro lado, ¿verdad? Se le nota lo flaquita que está. Qué pena la guerra civil…¡Y ahora la posguerra, cuánto están sufriendo! Pero pasad, pasad.
—Buenas noches Rafael. Sí es del otro universo. ¿Podrás ayudarla a regresar a su casa? Y mientras tanto ¿puedo entrar en la cocina y preparar algo de comer?
—Sí, claro, como si estuvieras en tu casa. En el frigorífico hay de todo.
Pepita se sentó a la mesa y se quedó maravillada de los manjares que le ofrecían. Nunca había probado el pan blanco, todo estaba delicioso.
Rafael se metió en su biblioteca y sacó varios ejemplares, después de hacer unas consultas y hablar por teléfono con sus colegas dio con la solución.
—¡Eureka! Ya lo tengo. Vamos corriendo a la iglesia, que cada rato que pasas en este universo puede ser peligroso. Ya sabes podría ver a alguien que no debes ver…
Pusieron en marcha su plan, dejaron a la niña donde la encontró el muchacho y poco a poco la vieron desaparecer.
Conchita pensó por un momento que quizá la niña que le dijo que vio a Pepita en el arroyo se había equivocado. ¿Y si nunca salió de la iglesia? Corrió a toda velocidad hacia la casa del sacristán para que le abrieran la puerta. Cuando la puerta se abrió se encontraron a Pepita en el suelo acurrucada.
—¡Virgen santísima! ¡Gracias Dios mío! ¡Gracias a todos los santos que te he encontrado!
Conchita apretujó a su hija en un abrazo y se la comió a besos, la cogió en brazos y se la llevó a casa.
—Mamá, bájame al suelo, que me da vergüenza Que soy muy grande para ir en brazos que ya tengo ocho años.
Conchita la bajó pero no le soltó la mano hasta llegar a casa.
—Venga Pepita, pon la mesa que vamos a cenar, tu padre ya cenará cuando venga del molino.
—Mamá no tengo ganas, estoy llena.
—¿Cómo que estás llena? Pero si esta mañana apenas has comido porque no tenía nada que darte. Gracias a la señora Emilia que me ha dado estos tomates he podido hacer gazpacho.
—Ya he comido mucho, y cosas muy ricas, una carne que no había probado nunca, y pan blanco y pastelitos, me he hinchado a comer pastelitos.
—Pero hija, qué de cosas que te inventas.
—Mamá un muchacho me ha sacado de la iglesia y me ha llevado a casa de un amigo y me han dado de comer todas esas cosas maravillosas, era una casa preciosa, en mi vida he visto una casa igual.
—A ver ¿pero dónde está esa casa?
—La casa está al lado del cementerio
—Eso es imposible, lo debes haber soñado, allí solo hay campo y no hay ninguna casa. Además la iglesia estaba cerrada con llave, ¡eso es imposible!
Meses más tarde, Pepita y su madre iban de camino a casa de su prima al pueblo de al lado a ayudar a encalar la casa y ver si le compartían algo de comer. Por el camino a lo lejos vieron a una familia que se había sentado en un prado a desayunar. De repente empezó a llover, y los que estaban comiendo salieron corriendo y recogieron de prisa todos los trastes, se montaron en un coche y se fueron. Cuando las dos llegaron a la altura de donde estaban los viajeros, vieron que se habían dejado un queso en un murete de un puente.
—¡Mira Pepita! Hoy no teníamos nada que comer y mira como Dios siempre ayuda, iremos con el queso a casa de mi prima y lo compartiremos con ellos.
Detrás de unas ruinas se escondían dos figuras.
—Rafael, muchas gracias por conseguir que pueda verlas, me da mucha pena el hambre que están pasando. Mientras yo pueda las seguiré proveyendo de alimentos. Mi madre y mi hermana no se merecen esta vida.



