Según los antiguos celtasen los cruces de caminos,
en las encrucijadas,
lo mismo se esparcían demonios,
como bellísimas hadas.
Ponían aspas de piedra
que entre ambos mundos giraban.
Esos chamanes de antaño
cobijados por los castaños
cocían la mandrágora, la adormidera,
y cierto hongos extraños
con ramitas de hinojos.
Y sabían y aprendían
lo que veían sus ojos:
que en cada intersección de los caminos,
que en cada decisión, en cada duda,
el destino se ríe de nosotros
de nuestra ceguera cordura.
¿A qué jugamos? no sabemos,
y nos jugamos todo lo que somos
y lo que tenemos.
El azar en las encrucijadas
se divierte con las cartas marcadas.
Siéntate bajo un roble
y oirás sus carcajadas.
Francisco Jiménez
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